jueves, 30 de diciembre de 2010

Capítulo 1: La depresión es una inmensa lágrima que cae del tormento hacia la nada.

En la profundidad de un lago de vino y amargura al que llamamos vida respiraba a bocanadas de desgana un poeta de ideales inquebrantables que valoraba a la vida como si esta se tratase de un cristal roto. La inseparable monotonía de su día a día le asfixiaba. El tráfico en las horas puntas simbolizaban para él todo el ímpetu de las personas por forzar lo antes posible la salida del planeta sin la más mínima pizca de amor. Aún en la mañana más soleada los colores turbaban en sus ojos cascadas de tonos grises tierras y burdeos.
Delaion, que era el nombre de dicho poeta saciaba su depresión con cada verso destinado a no ser oído por su musa, satisfaciéndose con el auto reflejo de una hazaña heroica al aceptar la pena como consejera en la decisión de escoger las palabras adecuadas con las que escribir a tinta la carta de sus tinieblas. Se sentía sumergido en el vacío, en la agónica nada que sablea llantos internos a sus tejidos, incomprendido por la mediocridad popular, insatisfecho con su nula esperanza por el futuro. Su colosal asco hacia la sociedad comparaba a ésta con una hipócrita serpiente que alardeaba de presa cuando en realidad tenía entre sus dientes su propia cola.
La poca luz de sus días se resumía en los instantes de vigilia en los que podía permitirse el lujo de dudar de su existencia y de contemplar las noches como una bendición ante las burlas de los dioses. A menudo la gente le preguntaba el por qué de su tristeza a lo que él respondía que cómo se sentiría el poeta que olvida su vocabulario, o el ave al que se le ha cortado las alas y ya no puede volar, o incluso al mismísimo hombre cuando pierde su esperanza de vivir.
Así Delaion respiró con desganas las repetidas estaciones acumulando dolor y folios repletos de poesías a cada cual más bella que se amontonaban en aparente equilibrio en su escritorio, igual de aparente que su cordura cada vez más putrefacta. Pero en esa sucesión de noches de frío lamento hubo una que destacó por la suma belleza de la Luna en el firmamento costero y por su tibio reflejo sobre aguas de piel de esfinge. El sufrimiento de las estrellas salpicadas en el papiro de los astros le hizo estremecerse de angustia por el débil y lejano recuerdo de días de antaño, de días en que la pluma pausada sobre el tintero no complacía a un escritor hundido, sino que el rostro de su dueño era expresamente el motivo de su inutilidad, siendo meramente una de muchas sonrisas causadas por ideales veranos y besos verídicos en el tiempo.
De tal manera su melancolía floreció a tal punto que el poeta abrió una caja dorada que tenía mantenida en una esquina obsoleta por la penumbra la cual tenía su nombre escrito y colocado de forma ladeada en una de sus esquinas. Aquella caja que no abrió desde que comenzó a usar con fines medicinales la pluma sobre el papel se encontraba llena de pulseras, trocitos de papel con nombres de lugares impresos sobre ellos, cartas repletas de palabras escritas con la dulce caligrafía de una mujer de labios inocentes, hilos sanguíneos desgarrados por el tiempo, fotos de cartera y fotos de puentes y playas en los que se podía observar su deterioro al derramarse de forma reiterada sobre ellas lágrimas durante las estaciones sin final en las que no se puede diferenciar la caída de la última hoja seca del florecer del primer pétalo de tulipán que da comienzo la primavera.
Entre todos esos guijarros de tiempo por los que antes de perderlos Delaion hubiese vendido su alma se centró en observar detenidamente uno al que parecía apreciar de sobremanera por encima del resto. Una reluciente alianza de plata con dos nombres escritos en el borde interior. Al verla el poeta entristeció aún más el ambiente con una lágrima que al resbalar por la cubierta de la caja limpió las motas de polvo en su descanso temporal.
Tras no haberse puesto el anillo en su anular desde hace años lo hizo aquél día. El motivo mudo para el mundo entero, pero para él tenía la simbología de profundizar más allá de las barreras humanas, más allá de la vida, de la muerte, del desamor y del olvido. Delaion sabía que la nube de sentimiento en expansión y su sangre día a día era más fuerte que absolutamente todo, y por ello rememorando la vida pasada decidió dormir una noche más con la alianza en su mano izquierda.

El cansancio, la duermevela y la vigilia que sintió estaban mucho más allá del alcance de sus momentos de sueño que Morfeo le había concedido tiempo atrás. La prisión de sábanas y la pesadez de la madrugada, la bofetada del viento nocturno y el aroma a grillo muerto, el estanque al borde del derrame y la estrella clavada en la cúpula durmiente, los párpados evitando por unos instantes ver la esquina del universo. Su diafragma, como si estuviera maldito se cerraba por instantes en busca de la desaparición del pensamiento viciado. Mientras todo se dejaba apagarse como una armonía casual del tacto de la almohada sobre sus mejillas y del ímpetu de su saliva por ser tragada Delaion recordó la supremacía del deseo de volver a sujetar la mano que hacía ya tantos inviernos atrás había agarrado por última vez en noches tan eternamente fugaces como se prevería que iba a ser aquella.

Cerró los ojos.

Tumbado sobre escamas de tormenta que tejían un colchón sobre el que reposar su tétrica visión del mundo, engullido en la cuna del bostezo sintió el vacío y tras él la humedad.

Abrió los ojos.

Todo cuanto circundaba entorno a él se resumía en el colosal cielo. Sus pies descalzos, húmedos por el rocío vanidoso acumulado entre sus dedos formando una esponjosa espuma de inmaculado blanco y de sombras lilas. Pese al clímax de belleza en el que se encontraba el poeta se cuestionaba cómo había llegado a la cumbre de una nube y por qué se encontraba allí. En medio de la vorágine de dudas más punzantes de lo que podrían haber sido si no hubiese tenido aletargados los sentidos pudo escuchar en la lejanía aproximándose a él paulatinamente el melodioso aleteo de un ave. Aprovechándose de una suave corriente de aire formada por los cumulonimbos aterrizó sobre el índice extendido por Delaion. Era un hermoso pájaro cian, con un plumaje tapizado con el profundo azul del agua cuando el mar está revuelto, y con reflejos pincelados del esmeralda que roza las cumbres de los fresnos con el más tardío halo de luz del Sol al ponerse. De su pico elegante, del matiz del roble inquebrantable, dejó salir definidas palabras que el poeta dificultaba en creer entender:

“Tras el llanto de las mujeres, afinado, modesto y lascivo le acontece siempre el del hombre, áspero, turbulento y desgarrado. Más aún con el atuendo de sangre emergido de la herida ésta es irremediable sólo al entender el lamento de la Musa. La clave de todo a una pregunta de mi funesto ser está, pues sentenciará las raíces de tinta dibujadas al fluir sobre el sudor del destino”

Finalizando estas palabras el pájaro empujó con suavidad el pecho de Delaion provocando en él un impacto que lo lanzó fuera de la nube, dejándolo que cayera al vacío entre una infinitud de plumas escarlatas que se elevaban a los cielos y que se apartaban con miedo de la esfera de rocío que atrapaba al poeta en su interior. La depresión era una inmensa lágrima que caía del tormento hacia la nada.





Capítulo 2: La prisión de recuerdos como exilio

A pesar de que la inmensa lágrima sobre la que se encontraba enjaulado el poeta caía libremente en un intento de huir de la sabana de nubes que se cernía sobre ella, Delaion se encontraba ingrávido en su interior, encerrado. Las transparentes paredes que le rodeaban, a pesar de asemejarse al cristal en absoluto eran frágiles. El prisionero golpeó con sus puños cerrados la esfera, pero no sirvió de nada. No podía escapar de allí. Otra persona hubiese intentado hasta la saciedad salir de aquel lugar intentando romperla incluso con su cráneo, pero el poeta encerró el miedo del futuro impacto contra el suelo en pensamientos que desvanecían cualquier explicación a lo que le estaba ocurriendo.

Relajado se sentó sobre sus propias rodillas y observó con detenimiento el platino cielo tormentoso y las plumas que como dientes de león querían alcanzar la verdad que se alzaba sobre las nubes. Ante todo ese bullicio de la naturaleza, recordó la sublima belleza del rostro que había recordado noche tras noche en el abismo del barranco de una vida que predestinaba en dormir en cada instante nocturno con un hueco en forma de herida en el corazón, el lamento de no haber esquivado todas las malditas desgracias que acontecían siempre a maltratar al auténtico oxígeno del hombre, y de desear la muerte por no compartir la historia del mundo con la persona que se anhela.

Enredado en la madeja de arrepentimientos sobre errores no intencionados, su pensamiento fue interrumpido por el incesante goteo sobre su cabeza de gotas de fina clareza. Ante la futura desgracia deseó salir de aquella esfera y comenzó a tratar de arañar con sus uñas el rígido cristal hasta tal punto que las yemas de sus dedos comenzaron a llenarse de rasguños y cortes de los que fluían raizados tramos de sangre que se deslizaban entre sus manos llegando a teñir de burdeos la alianza de heroico significado.

Tras intentarlo durante amplios intervalos de tiempo en los que mientras miles de plumas surcaban los vientos y atravesaban como espinas la laguna de nubes dejando pequeños vacíos a través de los cuales se filtraba la luz del Sol dejando aquella escena como algo celestial y crucial para el destino del poeta, él obtuvo una fatiga en consecuencia de la sed. Juntó sus manos tratando de no dejar grietas abiertas por donde se escapase el agua, las hundió sobre el voluminoso charco formado por las gotas de rocío que se filtraban en la esfera y posteriormente se las llevó a su boca con la finalidad de saciar la desagradable sequedad que recorría su garganta. Pero aquello no era agua de lluvia, ni el rocío de las frescas mañanas grises de otoño. Su sabor lo había probado antes de los besos en los que antaño había recibido de la mujer que lo hundía en una desgracia eterna. Eran lágrimas. Sin duda alguna aquellas gotas que se acumulaban sobre la esfera que caía incesantemente del cielo eran lágrimas de ella.
Éstas se acumulaban cada vez más apresuradamente reuniéndose como un lago que ya superaba la altura a la que se encontraba la cintura del poeta. El sabor que deleitaba su lengua le hacía naufragar en lejanos recuerdos en los que él le sacaba las lágrimas aún siendo el culpable de todas ellas. Por ello se contentó con la idea de que todo lo conduciría a la muerte y que de tal forma podría saldar su deuda con el destino, la deuda del criminal que no se queda satisfecho con el exilio, pues éste no es más que una prisión de recuerdos que hacen arder las entrañas de la paz interior, porque para él aquello, una vida sin amor era una enfermedad mortal que le impedía sonreír y deshacía la buenaventura.

Se cuestionó si al igual que la inmensa gota que lo aprisionaba era una lágrima, el barniz de nubes sería el lacrimal de su musa. Le invadía el arrepentimiento de los antiguos enfados sin sentido, de las contestaciones que invadían el desprecio, de su frialdad por ignorar cuán importante eran las lágrimas que él hacía derramar. Todo alrededor desde el interior de ella se veía completamente distinto, escenarios bocetados con lápiz blando, plumas que tornaban en la visión diminutos huracanes que arrasaban a su paso universos de gritos. Mientras subía el nivel del mar nacido de los más bellos ojos verdes esmeralda que habían observado la tierra y el cielo alguna vez su desesperación se fue acrecentando. Centró su atención en pequeños y doblados trozos de papel que flotaban en el fluido lacrimal como hojas en los ríos. Al desenvolverlos encontró en ellos frases terminadas en puntos suspensivos, escritos con la misma caligrafía que los trozos que se encontraban en la caja dorada. Observó a su alrededor, y como si de nenúfares se tratase encontró frases que se clavaban a sus sienes. “Lo siento, no era mi intención”, “Lo hice por ti…”, “No volverá a ocurrir…”, “..te amo”.

Tanto subía el nivel del mar de lágrimas que a duras penas sobresalía a la superficie para tomar aire la cabeza de Delaion. La lágrima llorada del cielo por una musa caía cada vez más rápido al vacío del infinito abismo. El poeta se ahogaba en el fluido lacrimoso, recorriendo la desesperación del llanto por la culpa no entendida por sus vías respiratorias como un tren los andenes. Pero ante tal caos Delaion tuvo un último deseo y fue coger con su mano el pululante trozo de papel que decía “…te amo” y llevárselo al pecho.

Un ensordecedor estruendo provocó el alejamiento expansivo de las escarlatas plumas que querían arder al contactar con el Sol. La lágrima impactó contra el arenoso suelo. Las lágrimas de su interior esparcidas se volvieron a unir junto a los trozos de papel formando una alabarda de cristal que atravesó el pecho del poeta y luego desapareció evaporándose.

Una enorme herida rebosante de sangre se hallaba en su pecho y justamente su centro se encontraba donde instantes antes había colocado el trozo de papel. En medio de una costa nublada, bajo el cielo encapotado que predestina tormenta cayó desmayado Delaion como las lágrimas que se derraman del rostro de una musa.






Capítulo 3: Respirar cerca de una tumba de conchas

La delicada espuma de las olas que limpiaba las heridas de sus dedos y las manchas coaguladas de sangre de su alianza le hicieron cobrar el sentido y poder detenerse a observar el panorama que le rodeaba.

Se encontraba a orillas de la costa. Era una playa en invierno, un escenario siempre cruel para el poeta pues aún siendo el escenario paradisíaco por excelencia de la gente en verano, en invierno solían estar vacías, grises. Al silencio absoluto lo reemplazaba la melancólica ruptura de las olas. Pero más que dónde se encontraba le preocupaba más la herida de su pecho. Estaba infectada, llena de arena. Su escozor le impedía pensar bien, le dolía tanto que ni siquiera era capaz de gritar. No sabía la dirección que debía tomar. Más allá del mar solo se veía más de él, gris, nublado, opaco. La costa desde el borde no parecía tener final, ni cabos ni golfos, ni siquiera barrancos, solo algunas rocas tan parecidas que parecían ser siempre las mismas. Ni siquiera se le pasó por la cabeza salir de la costa, pues parecía que como por arte de magia la herida dejaba de sangrar y su dolor era aliviado levemente por la brisa marina.

A su alrededor decenas de gaviotas distribuidas parecían observar cada una en su lugar algo en la arena. Delaion con curiosidad se aproximó casi arrastrándose por el suelo a la más cercana que echó a volar nada más estaba el poeta a pocos pasos de ella. En el suelo se encontraban escritos el nombre de un hombre y una mujer junto a una fecha. Rápidamente se dio cuenta de que era el compromiso de amor eterno que se había jurado una pareja. Mientras lo observaba con lamento una ola que acababa de romper se deslizó por la arena dejando conchas de todas las texturas y tonos a su paso, borrando los nombres. Ello le hizo lamentarse profundamente.

Cuantas más pisadas dejaba al bordear el mar, más nombres, iniciales y fechas veía borrarse las cuales traba de recordar y mantenerlas en su memoria con gran tristeza. “ Y&M , 020807”, “ H&M, 030508” , “D&C, 110401”, “J&D, 100303”…
. Tantos surcos escritos con el dedo sobre la mojada arena, y todos borrados dejando la nada tras el paso de la historia. ¿Eso era el amor?, ¿Las grabaciones del corazón bajo el nombre de dos personas que comparten cientos de momentos que borra el tiempo? Tras varias horas de andar por la costa observando las serigrafías en arena desaparecidas y continuadas con un profundo dolor en el pecho que parecía no desaparecer el poeta centró su atención en dos nombres escritos con la misma caligrafía que la que se encontraba en los trozos de papel que se habían posado sobre las lágrimas acumuladas en aquella inmensa gota que caía del cielo. Al leerlo su cara cambió por completo. Sin lugar a dudas el mundo se burlaba de él. Las palabras que para el poeta eran el comienzo y el final del puro amor estaban frente suya: “Delaion&Lipsent”.
Atónito cayó de rodillas sobre la arena, ¿y si acaso las olas eran la mismísima ruptura del amor que se quedaba varado mirando obsoleto la grandiosidad de unos instantes?
Delaion lo recordaba con exactitud, recordaba todas las veces que yendo él y su musa a la playa ella dibujaba con ilusión sus nombres, con una letra tan delicada que las gaviotas nunca dejaban sus huellas por encima de ellos. Agotado del largo camino que había recorrido se tumbó cerca de su nombre y del de la persona que más amaba en la vida y se dispuso a rememorar en su mente los días de playa en los meses de julio, en su bikini de intenso azul anudado a su preciosa espalda blanquecina, de los atardeceres en los que la playa comenzaba a vaciarse al igual que las preocupaciones de la juventud, de la marea subiendo casi imperceptible y del cielo rojizo transmitiendo una absoluta paz. Sin embargo, aún torpemente, pero escuchó en la lejanía tres voces masculinas pronunciando una especie de hechizo mágico.

Alzó la mirada y en el horizonte Delaion percibió las siluetas de tres personas encapuchadas, agitándose suavemente sus manos como si tratasen de realizar un conjuro. Boquiabierto por ser las únicas personas que había visto desde que se encontraba en aquél lugar tan extraño fue corriendo hacia ellos tan rápido como le permitían sus cansadas piernas y el punzante dolor anudado a su piel a causa de la herida. Sin apreciar nítidamente sus caras pero, de una de las sombras pudo apreciar el azul cian de sus ojos, un iris de la tonalidad del cielo sin nubes que deja tras de sí la tormenta, de las gélidas supernovas que esparcen su fulgor entre las estrellas, de un cristalino tan celeste que superaba a las centellas arremolinadas en el firmamento del turquesa liberado. Y sin embargo no pudo detenerse a comparar sus ojos zebrados, del roble que quiebra, los cuales parecían despreciables en comparación con la magnificencia de aquellos cuando el rugido de un enorme tsunami que se aproximaba atemorizó lo más profundo de su ser.

El impacto de la gigante ola era lo que menos parecía temer, su auténtico terror era que la espuma y las conchas dejasen sepultados su nombre y el de su musa de aquella invernal playa. No podía conformarse con el lujo de ignorar aquellos trazos entre los granos de arena. Indefenso, con solo la ayuda de sus magullados brazos y del cansancio de sus piernas hizo frente a la atroz y afilada ola que sobrepasaba las fronteras de lo inimaginable, deshaciendo a su paso ilusiones, nombres, fechas, cariño cincelado en la escultura de la vejez que recuerda con envidia el esplendor de lo ideal.

Las ranuras y bordes de las innumerables conchas que contactaron con su cuerpo fueron como el trozo de terciopelo donde los costureros dejan clavados cientos de alfileres. El agua extremadamente salada se derramaba a alta presión sobre la herida fresca, acelerando su cicatrización y arrancando la cobriza postilla que la envolvía.

El poeta dejó flotar durante unas horas su ensangrentado cuerpo entre los vaivenes de las uñas de las olas, tiñendo suavemente las frágiles aglomeraciones de arena mojada y la espuma que abucheaba el esfuerzo inútil del que pierde en un duelo. Angustia que oscurecía su rostro, angustia indeleble por haber dejado que se borrase al igual que fueron borrados los del resto su nombre y el de Lipsent, angustia por dejar que las algas, el agua gris teñida de vida y las vendas de la orilla fuesen la tumba de sus sentimientos.





Capítulo 4: Nunca las Tinieblas habían envuelto al mismo tiempo a la Sangre y al Mar

Abrió los ojos aún con el dolor atravesado a sí mismo. El cielo ya no estaba azotado por nubes de tormenta, en su posición se encontraba un palio burdeos, fragante, enloquecedor. Una puesta de Sol tan perfecta y soberbia que se podía observar sin ninguna dificultad su silueta ocultándose en el horizonte, radiante, anaranjado, fogoso, tanto que aún siendo los últimos rayos del Sol éstos eran tan fuertes que agrietaban la ceguera creada por la niebla desvelando el paradero de una isla más allá de donde las caracolas siembran arrecifes de silencio.

Delaion nadó durante la fragmentación de las numerosas heridas que arteriaban su cuerpo. Exhausto llegó a la orilla de la isla. Ésta estaba formada por despojos, inutilidades, basura, esperanzas muertas y cenizas aglomeradas formando guijarros y desperdicios. Lo que en la lejanía parecían bellos claveles eran en realidad estropeadas flores hechas con cartulina. La isla consistía en una acusada montaña formada por antiguas entradas de cine que iban emparejadas, billetes de tren destinados a un mismo lugar, periódicos en los que no se encontraba ni una sola mala noticia, entradas a festivales, restos de envases de pasteles, pinceles de maquillaje, pintalabios de color “rouge”, perfiladores de ojos, deteriorados papeles amarillentos con la palabra “Musa” escritos en ellos, fotografías de lugares conocidos para el poeta, maletas de viaje pero sin ningún equipaje en su interior, incluso relojes de arena que ya no dejaban caer los granos. Y todo ello se encontraba entre una grandísima plantación de blancos lirios artificiales creados con sucias gazas que le daban a aquel lugar un aspecto fúnebre.

El poeta se encontraba aterrado por toda esa cantidad de basura que le resultaba conocida y la cual reconocía de haber usado o incluso tenido entre sus manos en momentos de su vida. En el caos de tal macabro lugar salió de entre los escombros el pájaro cian que posándose sobre la basura dijo con lamento como el pésame es dicho a los familiares de los difuntos:
“Bienvenido a la Isla de los Sueños donde las cerillas húmedas alumbran la lencería y el atuendo del demacrado vagabundo, pues el ataúd del deseo hilado está con el Rojo y el Negro, pues uno simboliza la Muerte y el otro el Sexo.”

Tras recitar aquello, el ave desapareció en su vuelo a la lejanía y el poeta tratando de repetir sus palabras recordó un regalo que le habían ofrecido hace mucho tiempo. Su musa años atrás le regaló la némesis hermana de una palestina tintada con la Sangre y las Tinieblas. Cuando Lipsent la llevaba puesta en las frías tardes de otoño su pálida cara en contraste con la armonía liberaba una sonrisa tan cegadora que los ángeles en su vuelo de vuelta al cielo se desorientaban y acababan cautivos en las llamas del averno. Sin embargo Delaion nunca en el pasado había adornado su cuello con la palestina regalo de su musa. Aquella némesis hermana de la de su amor estaba hilada con las Tinieblas y el Reflejo de la inmensidad del Mar sobre un cielo de cascada, y más allá de su ansias por intentar comprender el significado de los colores él no los entendía. Así pues su incomprensión rozó la humillación y la pérdida de su orgullo, pues nunca pudo cumplir la promesa que le hizo a Lipsent con su meñique de llevarla algún día puesta rodeando su cuello.


Durante relativos períodos Lunares se dedicó a subir la montaña hecha de basura mientras su mente se sumergía en estos pensamientos, pero le resultaba imposible pues ésta se desmoronaba constantemente impidiendo avanzar el camino y fomentando el retroceder en cada intento.

Al igual que cuando trató de detener la gigante ola, cualquier esfuerzo le parecía inútil. Hundido, mirando detenidamente al suelo encontró un destello de luz que iluminaba intensamente. Apartó trozos podridos de pastel de chocolate blanco, un balón deshinchado lleno de ilegibles trazos de bolígrafo, rosas quemadas llenas de laca con rígidos pétalos, una manta de rallas llena de agujeros, y tras todo ello encontró una alianza que hacía reacción con la que llevaba en su anular izquierdo. Era la alianza gemela a la que se encontraba en su mano, la que varios años atrás el poeta le había regalado a la Musa como muestra de eterno amor y sacrificio con tal de poder observar hasta su propia muerte la sonrisa dibujada en sus perfectos labios carmesí. Pero nada más sujetar en su mano la alianza gemela ésta se deshizo en ceniza que el viento esparció por la cruel montaña de basura.

Intentando relacionar todo cuanto había acontecido en aquel guijarro temporal rodeado de mar pensó que el culpable de que la alianza desapareciera era él, pues vinculando las palabras del ave azul a una sola idea éstas indicaban una misteriosa relación entre las palestinas y aquél lugar. Anhelaba tanto tener reposando en su cuello la palestina que tiempo atrás Lipsent le había regalado que el mismo deseo liberó de cada gaza disfrazada de lirio hilos blancos que se enredaron en el cuerpo del poeta. Por los hilos fluía su sangre en dirección a ellos, tintando a éstos de color sangre. Su cuerpo no reaccionaba, incapaz de moverse era prisionero de la madeja. Poco a poco los blanquecinos hilos se tiñeron por completo de rojo, llegando la vida del poeta a su fin. Sus últimos pensamientos indagaban en la relación incapaz de descifrar entre las promesas y los hilos de sangre. Parecía que todos esos hilos eran el contrato de promesas con la Isla de los Sueños.

Pero aunque el poeta no podía permitirlo, el resto de su cuerpo sí, tanto su pecho con una herida aún sin cerrar, como sus ojos zebrados o incluso la mano que sostenía su alianza. Podía plantearse perder su cuerpo, todo salvo su meñique derecho con el que le había jurado a Lipsent la promesa no cumplida de llevar acariciando su cuello la Palestina de Tinieblas y Mar. En un último esfuerzo arrancó el hilo rojo que enredaba su meñique y como un hechizo mágico el resto de hilos cristalizaron en cenizas dejando a su paso lágrimas de roja cera que inundaban y sepultaban la montaña de basura. Aprovechando la cera sólida, el poeta corrió con todo su deseo hacia la cumbre asequible tratando de no prestar atención a los crujidos de la superficie de la rojiza vela gigante que era lo que parecía la Isla de los guijarros del tiempo. En cuanto Delaion llegó a la cumbre derramó una lágrima tan sentimental que su susurro deslizado llegó de nuevo a la orilla donde reposaban los claveles de cartulina.

Allí, en la cima, la palestina de Tinieblas y Mar se hallaba intacta, perfecta, con la fragancia de Lipsent impregnada en sus hilos azul marino. La abrió y como una bufanda de la seda de Venus la colocó alrededor de su cuello como en la imagen del recuerdo que tenía de la Musa llevando su hermana némesis sobre sus delicados hombros de nieve.

Tumbado en el suelo tratando de dormir un poco entendió que al igual que el Rojo y el Negro uno simbolizaba la Muerte y el otro el Sexo, con su palestina de Tinieblas y Mar él simbolizaba con uno la Muerte, y con la otra que jamás la podría olvidar.

Tras cerrar los párpados el deseo de la palestina gemela invadió la vigilia del poeta que volvió a soñar con un fragmento de su memoria.





Capítulo 5: El recuerdo que marchita la existencia

El viento de las mañanas de finales de Junio es demasiado delicado para ser molesto. Seguramente, si Dios existiese, era una persona extremadamente cruel por crear días tan bellos que resultase una tortura el no poder volver a vivirlos.
Pero aquél día existió en el pasado.
Era un día en los que las preocupaciones se volatilizaban gracias al ambiente vacacional. Escasas mujeres y ancianos transitaban las céntricas calles con el fin de hacer la compra. La brisa prematura del pueblo costero era mucho más agradable de lo que podría resultar el paraíso. Escaso tráfico, diversas personas pensando en banalidades, dejando de prestar atención en sus quehaceres domésticos, parejas de pájaros posados graciosamente sobre ramas viendo pasar el flujo lento del río. La rústica belleza de antiguas casas adornadas de manchas de flores y hojas esmeraldas bañadas por la luz del Sol. Tanto en aquel día como en los predecesores y los posteriores fue la época en la que la luz solar iluminaba con toda su fuerza a los escenarios, a las personas, y aún más importante a la Musa.

En un parque de gran extensión, de fresco y frondoso césped, de sensibles caminos de un albero de tonalidad clara, a la sombra de un alto árbol cercano al muro que servía de frontera para repararlo del resto del pueblo se encontraba durmiendo plácidamente el chico que en un futuro se convertiría en el poeta sumergido en el olvido. Su sueño fue interrumpido por una voz de mujer. Una voz clara, inocente, femenina, infantil, tan dulce que jamás podría olvidar.
-Vamos guapo, deja de soñar.
-Soñaba contigo Lipsent.
-¿Y de qué trataba el sueño si se puede saber tontito?-Dijo la musa con sus ojos verdes clavos en el futuro poeta, dejando escapar entre sus gruesos y rosados labios una aniñada sonrisa increíblemente bella, más aún que el precioso escenario que los rodeaba, más que los atardeceres en la costa.
-Trataba sobre el futuro, pero degradado como cuando derramas agua sobre la tinta, y pese a todo, no recuerdo con exactitud si salías en el sueño querida…
-Así que sin soñar con tu musa ¿eh?-Dijo de forma picaresca mostrando un leve enfado sin sentido.
-Ja ja, sabes que mis corrientes ojos solo pueden observar los tuyos más allá de las fronteras del silencio y del sueño.
-¿Y del olvido?
-El olvido no existe cuando hablo de ti.
-Sabes perfectamente que el poseedor de esos ojos zebrados es el poseedor de mi corazón.
Como podría ocurrir que en la trivialidad y en la desmesurada paz podría evadirse el aburrimiento existencial a raíz del verdadero amor, aquel puro y complacido con la proximidad, con los besos y abrazos de un chico a una chica bajo la arbolada y con la elevada temperatura sin que ésta llegase a ser fatigosa.
Tumbados sobre el césped, abrazados uno junto al otro gastaron un par de horas de la mañana sin dirigirse ni una sola palabra, solo se sirvieron de los besos, de los latidos del otro y del canto de los pájaros para anestesiarse aún más con su eterno descanso.

Al cabo de un rato, el silencio sinfín fue ejecutado con la preciosa voz de la musa.
-Tengo hambre, me apetecen chucherías.
-Ja ja, estás hecha toda una niña pequeña.
-¿Acaso a ti no te apetecen esos rombos de regaliz que compramos en la tienda de debajo de la escalera?
-La verdad es que raro es el momento en que no me apetecen.
-Estás hecho todo un niño pequeño.-Dijo burlescamente de una manera encantadora y tras ello le dio al prematuro poeta un beso con sus rosados labios.
Agarrados de la mano anduvieron por las pueblerinas calles que aún siendo verano estaban llenas de frescos vientos. Se detuvieron en cada ínfimo detalle que les resultaba curioso, observando la naturaleza en su máximo esplendor, deleitándose de la soberana felicidad, conversando de trivialidades sin importancia en el que dejaban todo su afán por desarrollar los temas por completo. Una vez de vuelta al parque, subiendo las escaleras que tuvieron que bajar para comprar la bolsa de chucherías y de rombos de regaliz que ahora sujetaban la mano de Lipsent, a Delaion se le ocurrió la idea de demostrarle a su amada su fuerza, la elevó en los aires y cogiéndola como coge el marido a su esposa recién casados la llevó de vuelta al parque. Para cada paso que daba debía de realizar una fuerza sobrehumana como la de los dioses, pero ésta le era concedida gracias a los besos que le daba en el rostro su querida musa. Así llegaron de nuevo al parque, la tumbó sobre el césped y la besó dulcemente acariciando con la yema de sus dedos su vientre mientras dejaba escapar sus más sinceras palabras:
-Te amo Lipsent, lo noto cuando mi corazón estalla de felicidad cada vez que te veo en la estación.
-Yo también te amo con locura poeta mío. ¿Sabes? El vientre por donde ahora se deslizan tus dedos llevaran algún día, en un futuro, cuando hayamos crecido y tú seas un hombre y yo una mujer, a nuestro hijo.
-Será extremadamente bello como su madre, y tan terco como su padre.
-No seas tonto Delaion, será tan guapo como su padre y tan infantil como su madre. Me pregunto cómo tendrá los ojos.
-Seguro que esmeraldas para tener una visión de futuro llena de esperanza y felicidad como la tuya.
-Pues yo desearía que los tuviese como los tuyos, zebrados, como el tronco de un roble que se mantiene firme y creciendo pese a cualquier adversidad.
-Te vuelvo a decir que el tono de mis ojos está estancado en lo vulgar y lo corriente, ningunos ojos tienen nada que envidiarle a los míos y mucho menos los tuyos, simplemente no son especiales.
-Para mí sin embargo son los más especiales del mundo.

La bolsa de chucherías cayó sobre el césped esparciendo las gominolas y rombos de regaliz que pronto fueron visitados por las hormigas al acercarse la musa a besar el poeta. Tal vez el único indicio de que el tiempo transcurría era al verlas devoradas, sin embargo parecía que Delaion y Lipsent se habían fundido en un eterno beso que acabaría solo cuando el verano llegase a su fin. Así pues al verlos la Luna menguaba su relajada marea, las estrellas ilusionadas centelleaban imperando su luz en el nocturno cielo al ver el amor de la pareja, y el Sol ofreció sus más poderosos rayos mientras el sueño del verano del amor fue cumplido.






Capítulo 6: Silencio y ruptura

Al despertarse de ese recuerdo el poeta sintió la necesidad de comprobar con sus manos que la palestina hermana de la de Lipsent se encontraba aún envolviendo su cuello. Para cuando lo hizo se dio cuenta de que la Isla de los Sueños recubierta de roja cera había desaparecido, encontrándose tumbado en la entrada de una feria.
Estaba cubierta de luces que centelleaban con cansancio, el acumulado tras ir de pueblo en pueblo renovando la felicidad de cientos de niños que olvidaban sus ilusiones con el paso de los inviernos. El olor a algodón de azúcar pincelaba con exceso el aire que, síncrono con el viento provocado por las atracciones dejaba escapar un sonido pululante que encarnaba desorden. Alrededor de Delaion transitaban alocadamente un gran número de personas enmascaradas. Sus risas burlonas y crueles parecían dejarse escapar solo cuando se detenían a observar al poeta, quien se cuestionaba si todo aquello era un feriante baile de antifaces en el que por evidencia él no estaba invitado.

Sería el simil que germinó como pensamiento en su mente el que le llevaría a plantearse la posibilidad que al igual que en su día a día la muerte no consistía más que en el apéndice de un chiste sin gracia. Sometido a un leve mareo dejó caer la alianza de su anular, la cual tras el tintineo de metal que dejó en el impacto continuó rodando en lo que parecía un sinfín de vueltas, cayendo finalmente en las cercanías de un perfecta rosa de cristal.

El poeta tras recoger su anillo observó con detenimiento la flor y las afiladas espinas que brotaban de su tallo. Nada más aproximar sus manos con el fin de sujetarla entró a escena el pájaro cian en aquél teatro de envidia y recelo que suponía aquella feria. De nuevo como si formase parte de un poema inteligible recitó unas palabras que se alzaban sobre el murmullo de los antifaces:

“Como el orgullo que no ondeas, la rosa será tu llave. Así la tragedia para uno es la comedia de otros, sin embargo el aletargo de tu verdadero yo despertará cuando tu esfuerzo pisoteado sea tras el desenlace palaciego que desvela una noria desorientada.”

Tras recitar aquello el ave desapareció en su vuelo. Delaion comprendió que era necesario en su periplo por la feria aquella rosa de cristal, pero parecía inevitable herir sus manos con las espinas. Aún así no le importaba, era necesario continuar para entender todo aquello. Pensó que como el pájaro había mencionado la noria el primer lugar al que debía de dirigirse era a ella, así que la buscó en el horizonte y la encontró. En ella se reflejaban todos los colores del arcoíris, iluminados por neones que giraban constantemente en un ciclo incapaz de ser parado. Una vez tenía una idea más o menos clara de donde su ubicaba se dirigió corriendo hacia ella. Por el camino vio que todas las personas con antifaces se encontraban sentadas en el suelo, comiendo algodón de azúcar y observando hipnotizados el constante giro de la noria. Al poeta le resultó cuanto menos extraño el motivo por el cual, habiendo bancos desocupados todo el mundo se quedaba sentado en el suelo. Tantas personas agrupadas tan conjuntamente le dificultaban el paso hacia su destino. Como en dar pocos pasos hacía un increíble esfuerzo pronto Delaion se encontró cansado y, ante el problema de que no había ningún hueco en el suelo en el cual sentarse se limitó a hacerlo en uno de los numerosos bancos que se encontraban desocupados.
Nada más hacerlo, la mirada fría de las personas con antifaces se apartó de la noria y clavaron sus ojos en el poeta. Tras un lapsus de varios segundos, se escuchó en la lejanía una leve sonrisa que desencadenó una risotada grupal que resonó por toda la feria. La sensación que tuvo Delaion es que todas esas personas se estaban riendo de él, era un abucheo público, una humillación. Apresurado se levantó del banco y dirigió sus pasos de nuevo hacia la noria. Pero ésta vez, mientras se reían, las personas enmascarados lo empujaban impidiéndole avanzar.

De uno de los empujones el poeta cayó en un enorme charco de barro y cristales que, al contactar con la herida de su pecho provocó en su voz un grito tan fuerte que eclipsaron por completo las risas de los enmascarados. Tras ello se levantó y fue corriendo a la noria.

Estudió los tiempos en los que tardaba en dar la vuelta la noria y calculó el momento exacto en el que podía dirigirse a la cabina mientras ésta se movía. Para su sorpresa en ninguna de ellas había gente lo cual le facilitó para aventurarse en subir a una. Aunque le daban miedo las alturas y los sitios elevados, el feriante panorama que observó desde allí arriba le facilitó saber el lugar a donde se debía dirigir. Una vez salió de la noria corrió con todas sus fuerzas a la salida. Tanto se clavaban las espinas a sus manos que tras su paso el poeta dejaba consigo un sinfín de gotas que predecían sus movimientos. Sin aparente dificultad pudo llegar al final de la feria, depositó lentamente la rosa de cristal en el cielo y se secó el sudor que recorría su frente.
El pesado sonido que fatigaba el ambiente paró de repente, y solo era digno de mención en el lugar el eterno silencio. En un fugaz instante tres sombras encapuchadas se aproximaron al poeta que, con miedo retrocedió varios pasos. Desde esa posición pudo escuchar el crujido de la rosa de cristal siendo pisoteada por ellos y como todos sus esfuerzos habían sido en valde.






Capítulo 7: El pecado de compartir saliva

Las tres sombras encapuchadas que le habían observado en varios momentos anteriormente se encontraban en aquél momento frente a él. Los trozos rotos de la rosa de cristal crujían al andar sobre ellos tratando de aproximarse a Delaion. Dejaron caer sus capuchas mostrando sus rostros. Tres hombres más jóvenes que el poeta se encontraban delante suya. Tres triviales rostros, tres mediocres vidas, pero tres pares de ojos superiores en perfección a los “zebrados” que habían observado con admiración tantas veces a la musa tiempo atrás. Dos pares de ojos eran verdes ciénaga, de repugnante ignorancia y escasa inteligencia. Sin embargo el poseedor del par sobrante destacaba no solo por su desarreglada perilla, sino por sus ojos con un iris celestial, del gélido manantial del que bebe los dioses antes de que reposen sobre los humanos su ira divina.

El hombre de ojos glaucos se acercó tanto al poeta como para oír su respiración, extendió sus brazos y lo envolvió entre ellos, abrazándolo con lo que parecía que era todo su amor. Era un abrazo cálido, fulminante casi como la luz del Sol, amistoso sin aparente maldad, con un realmente profundo sentimiento de comprensión. Sin embargo, no fue aquello lo que sintió Delaion.

En su cabeza como campanadas de oscura idiosincrasia en domingos de misa resonaban los orgasmos de Lipsent. Sus gemidos, su garganta tragando su divina saliva en pleno climax sexual, sus gritos de nombres causantes de su celo. Los gemidos de la musa que resonaban en su mente eran causados por otros hombres que no eran el poeta lo cual crucificaban cada nervio de sus sienes. Su imagen desnuda con mediocres hombres estirpaban su inocencia de la memoria y desgarraban sus pupilas con la virtuosa sensualidad de la mujer que se ama en mitad de una violación. Se estremecía de dolor, se expandía su locura. Su corazón escupido por escenas llenas del roce placentero que fluctúa de la gula sexual. No podía continuar sintiendo aquello, era superior a él la tortura de la lúcida imagen solada a sus retinas de Lipsent recubierta por la desagradable saliva de otros, de la textura de sus labios besando una piel que no era la suya, de sus pechos marchitándose por el tacto de manos agrietadas, de su vientre masturbado con la agria saliva de perdedores, de la forma de tomar aire mientras le hacían el amor.

Todo ello fusilaba su mente matándola por dentro, destruyendo la única belleza que había sentido en la vida. Le corroía las venas, destruía sus ideales ya pisoteados por las agónicas imágenes que erosionaban su mente y los gemidos que maldecían sus oídos.

Soledad y dolor sintió Delaion en el culmen de su significado. Pétalos de rosas negras trituraban sus arterias, excediendo el sabor del amargo corazón por su garganta. La ruptura de sus glóbulos tiñeron su largo pelo despertando a la bestia enterrada en su conciencia. Sus latidos estremecían al silencio en sí y manifestaban alarde con la explosión de sus vasos sanguíneos.

Su realidad corrompida por la antítesis de lo considerado como heroico arrancaban de cuajo sus cuerdas vocales en un devastador grito que podía hacer que cualquier criatura a su alcance temblase de auténtico terror, tan atroz que hasta el mismo diablo huiría con tal de escapar de las catástrofes que un solo hombre podía hacer.

La bestia recién despertada transmigró su herida al hombre de ojos azules. Era tan profunda, tan rubí que el terror provocado fomentó en el poseedor de los celestiales ojos el insaciable capricho de apartar de su pecho su corazón, pero justamente cuando ya éste iba a introducir sus dedos helados por el miedo de sus costillas nacieron cucarachas quebrándolas con el deseo de salir. Los ávidos insectos hicieron el amor en el interior de sus órganos generando el nacimiento de una masa tumoral de embriones y abortos de ángeles que mordían entre la deformidad de sus dientes el cuello y rostro de aquellos tres hombres cuyo único pecado fue haber compartido la misma saliva que el poeta, la de la musa.

Lo que anteriormente habían sido sombras ahora no eran más que amputados tallos de inútiles existencias, restos de vísceras contaminadas por nervios hechos de afiladas agujas dejando inertes esferas oculares que se habían deleitado antes de fallecer con conocer en sus propias carnes el castigo por burlarse del amor en su sentido más casto y puro, el cual había engendrado la eyaculación virginal de un pérfido destino privado de sentido.

Pero aún así Delaion continuaba golpeando sus caras irreconocibles por tanta sangre y tanta tiniebla. De sus puños cruzaban sus tendones clavándose como el pico de un halcón sobre los intestinos de una boa. Era justicia, por cada llanto, por cada deseo de suicidio, por cada poesía en que había dejado impreso todo su dolor, por cada espina clavada en sus manos por sujetar la rosa de cristal en su periplo por la feria, por cada vómito causado con desesperación, por los años de amargura. Porque heroicamente es absoluta justicia violar la existencia de aquel que viola el recuerdo ajeno a marchitarse en la memoria.

Y ante toda esa masacre cayó del cielo una pluma que al posarse sobre el suelo empapado por la laguna de sangre tomó forma de una preciosa mujer. Pero Delaion estaba absorto en su amargura, en sus visiones tétricas y desesperantes, y solo invadía su imaginación el cuerpo de Lipsent en cada instante de la relación sexual. Su maquillaje corriéndose, su pintalabios diluido en saliva, la piel de nieve abrazando a gusanos, su columna excitándose por cada orgasmo, sus ojos súbitamente demostrando placer carnal.
La comprensión de su eterno dolor era lo que sin lugar a dudas quería transmitir el poeta. Así que se aproximó a la mujer desnuda, la besó violentamente mientras le apretaba el cuello y en un desvarío de locura deslizó su mano contra su sensual abdomen, rajándolo y dejando ver todas sus vísceras. En el útero abierto en canal Delaion regurgitó poesías materializadas en fúnebres mariposas, del color de las flores de luto. Era su máxima expresión de todo cuanto le hacía sufrir en su interior, su cáncer, sus llamas infernales, su vida gris.

En medio de todo aquel desvarío de supremo dolor, una mano acarició el rostro del poeta, calmando la tempestad de sus viciados latidos.







Capítulo 8: El árbol de plástico

La madura mano acariciando su rostro detuvo su Big Bang sanguíneo. La furia descontrolada pronto se sostuvo en una pacificada conciencia, su sangre ya no fluía con el dolor, pero sí con la pena. Tras recuperar el control de su mente y con el rostro y las manos cubiertas de la sangre de aquellos hombres y con la herida de su pecho provocando en su cuerpo lleno de profundos cortes un temblor más fuerte que la persona que tiembla por el miedo de perder a alguien para toda la eternidad dirigió la mirada a la persona gracias a la cual tanto en el pasado como en el presente el poeta pudo luchar por su amor.

Al mirarla se quedó más impactado que en cualquier otro acontecimiento que hubiese vivido en aquel extraño lugar. Aquella mujer era la persona más encantadora que jamás había conocido el poeta. Comprensiva hasta extremos inimaginables, amante de todo cuando la rodeaba. Si el altruismo existiese de verdad, sin lugar a dudas era ella quien lo había creado. Atónito, como si viese a un ángel de mediana edad dejó salir una spocas palabras a la persona que le había dado la vida después de nacer.
-¿Cómo puede encontrarse usted aquí?
-¿Así que tras tantos años sin vernos así le hablas a tu segunda madre?¿de usted?
Rió humildemente, seguramente para Delaion enfrente suya se encontraba una de las pocas personas que podían comprender su dolor y todo su esfuerzo por estar cerca de la musa. Era tan encantadora que en poco tiempo los latidos del poeta se calmaron por completo. Sus ojos del lento fluir de las aguas de una rivera le transmitían la paz más absoluta que podía encontrar allí. Su eterna sonrisa lo relajaba como el viento suave a las olas agitadas. Delaion no había vuelto a ver a aquella mujer desde que Lipsent se había separado de su lado.
-Ma…… digo señora, no entiendo nada cuanto ocurre aquí…
- Puedes llamarme madre tal y como hacías años atrás. Por un momento me has hecho recordar las mañanas en las que hablábamos esperando que Lipsent se despertara.
Por primera vez, tras tantos años había vuelto a escuchar el nombre que no se había atrevido a pronunciar nunca con su voz. La sonoridad tan perfecta que tantísimas veces había pronunciado en las que reconocía indudablemente como los momentos más bellos de su vida le hicieron tambalearse. Mareado, se desplomó, pero en el instante antes de caer el suelo el escenario cambió a una pradera en una fresca mañana, todo cuanto había allí era una mesa y bancos hechos de roble a la sombra de un gigantesco árbol.
-Puedes tomar asiento cariño, trata de relajarte un poco.
-Todo parece tan irreal, tan ficticio, como si de un sueño se tratase. Es como si la naturaleza se corrompiese por mis recuerdos.-Comentó con miedo el poeta.
-Es exactamente así hijo mío. Te encuentras sumergido en un sueño el cual re ha llevado a una realidad que desconoces totalmente, un universo creado a raíz de una palabra.
-¿Qué palabra?
-Discúlpame, pero la ley imperante en este lugar me lo prohíbe, pues el único capacitado a darte la respuesta a tu pregunta es el pájaro cian. Deberías de dejarlo todo aquí, no continuar más y rendirte…
-¿Rendirme?-Preguntó sin entender nada cuanto ocurría en aquel lugar y mucho menos con lo que debía rendirse.
-Sí, con seguir amando a Lipsent.
El rostro del poeta consistió en un cristal quebrado, ya definitivamente, sin duda alguna todo cuanto ocurría estaba relacionado con su musa. A pesar de que la pena aún rebosaba de su corazón y el dolor por los recuerdos seguía latente en la herida imposible de cicatrizar a su pecho, su mundo interior, marchito y en penumbra recobró color como recobra de vida la naturaleza con la llegada de la primavera. Sin importar como o porqué, o incluso cuales iban a ser las consecuencias de sus actos pero, si de algo el poeta estaba seguro es que perfectamente cabía la posibilidad de volver a tener a su musa frente a él. Como un milagro o una bendición, ello fue lo único que durante muchos años le pudo arrancar una leve sonrisa desganada a Delaion, que deseaba desde lo más profundo de su amargo corazón volver a escuchar como escuchaba tiempo atrás en el parque de aquél pueblo costero la voz de su musa.
-Por favor madre, quiero verla.-Dijo decidido, mezclando en su voz la súplica y la seguridad del hombre que lucha por su sueño.
-¿Ves este árbol Delaion? El amor comienza siendo una semilla insignificante, casi despreciable. La inmensa mayoría de semillas que hay no llegan nunca a cumplir su objetivo: crecer fuertemente y convertirse en un árbol fuerte que perdure en el infinito. Éste árbol que se encuentra junto a nosotros es la metáfora materializada de tu amor hacia mi hija.
-Tal y como dices entonces, mi amor no es una de esas semillas que no crecen, al contrario, es un árbol inmenso que podría llegar alcanzar el infinito, como el amor que siento hacia Lipsent.
-Míralo con detenimiento y observa las hojas que se han marchitado llegando a ser su sepulcro ésta pradera.

El poeta se agachó para coger una hoja, y al tocarla se sorprendió. Al contrario de lo que daba por sentado, aquella hoja era de plástico, como el de las bolsas de basura. Se levantó y dirigiéndose al tronco pudo comprobar con sus manos que a pesar de lo que parecía, éste estaba hecho de neumáticos, sus raíces agarradas fijamente a la tierra de la pradera eran de goma, al igual que las raíces. En definitiva, su profundo amor, por el que había luchado tantísimas veces se limitaba a un enorme árbol, falso, artificial. Apenado por lo que sus ojos veían cayó derrumbado al suelo.
-Delaion, haz de comprenderlo, el amor en la juventud a lo máximo que llega es a esto, a algo artificial. Algo que se puede comprar con falsos detalles, con inventadas caricias, con besos carentes de sentimiento. En la lejanía, alguien que viese éste árbol pensaría que se trata de un magnífico árbol, pero en realidad se trata de una mentira. Por muy fuerte y rígido que parezca, ante una pequeña llama como es una diminuta discusión entre enamorados todo éste árbol ardería derritiéndose y convirtiéndose en lo que es, basura artificial. Sé que mis palabras duelen, pero olvida a Lipsent, hay otras mujeres en el mundo, incluso tú has visto la metáfora de la esperanza por encontrar a otra mujer que había en tus pensamientos, aquella preciosa mujer que has intoxicado con tus fúnebres poesías creadas como mariposas. Tu árbol de plástico al igual que el del resto de la juventud no podrá durar para siempre.

El poeta, seguro de sí mismo y de la profundidad de sus sentimientos trató de demostrarle a su madre el amor que ardía en su corazón y por el cual estaba dispuesto a luchar hasta el final. Se levantó del césped que rozaba sus rodillas, extendió sus brazos posando sus manos contra el tronco de neumático y comenzó a desenvolver en el árbol de plástico la metáfora de su amor. La goma de las raíces y del tronco comenzó a estirarse tanto hasta el punto de agrietarse y quebrarse dejando a su paso el crecimiento de otro árbol, pero esta vez natural que salía de su interior. Tanto creció el árbol que parecía que sus ramas llenas de hojas frescas y vivas alcanzaban las nubes, y la sabia de su tronco rociaba de vida la llanura que le rodeaba.

-Mi amor hacia ella no es irreal ni ficticio, es la razón de mi vida.

Impresionada por lo que observaron sus ojos, la segunda madre introdujo en la mano del poeta un plateado trozo de papel doblado un par de veces, y dándole un beso en la mejilla le pidió que cerrase los ojos, al volver a abrirlos se encontraba sentado en un asiento de un tren, en un vagón donde no había nadie salvo él. Abrió el papel doblado en su mano y leyó mientras dejaba escapar un aliento de ternura:
“Más allá de las fronteras del silencio, del sueño y del olvido has demostrado que tu amor supera el desmoronamiento pasional de las personas, por tu valía te concedo el último billete de tren para que vuelvas a ver a tu Musa.”







Capítulo 9: Luto

El traqueteo del tren era tal y como recordaba de sus viajes en el pasado para ver a su musa. El vagón estaba completamente vacío, en penumbra y a medida que avanzaba su viaje los paisajes del exterior parecían corromperse volviéndose cada vez más fúnebres. Aquella era su oportunidad, de una manera milagrosa, al ser un sueño podía volver a ver a Lipsent, hablaría con ella y le expresaría todo cuanto sentía. Meditó sobre las palabras que iban a salir de su boca cuando la tuviese delante pero ninguna le parecía complacerle del todo. El pánico abordaba sus pensamientos. Un solo error y volvería a perder la oportunidad de recuperar al ser que más amaba en el universo. Sus ideas encadenadas llegaron a la conclusión de que lo más probable es que la perdiese tal y como la perdió tiempo atrás, así que no lo quedó más remedio que predecir cómo iba a ser su futura vida.

Iba a tener que volver a vivir días ahogándose en la profundidad de un lago de vino y amargura, escribiendo noche tras noche poesías que cada vez que las leería le arrancaría una lágrima de su rostro. Un destino trágico. Pensaría tantas veces en la muerte como un hecho benigno, sus ojos zebrados le darían una concepción del mundo tan degradada que el arcoíris solo tendría para él tonalidades grises. Asquearía a las personas con toda su alma, su depresión fluiría por sus venas llegando incluso a maldecir a sus predecesores por haberle dado a luz. Su mente fundida a la decadencia pronto solo se complacería con el dolor de los demás, con el entendimiento del sufrimiento, con el daño a las mentes débiles y la búsqueda de la vulnerabilidad de los fuertes. Ahorcaría su bondad en un funeral cruel llamado tiranía. Pasaría a convertirse definitivamente de un hombre a un demonio. Su oxígeno se convertiría en los llantos del resto. Ya nunca más volvería a ser aquella persona a la que la musa besaba bajo la arboleda en los días de verano.

Sin darse cuenta, sobre los paisajes había comenzado a llover pequeñas gotas de sangre, que pronto desembocaron un diluvio que coloreó el muerto verde de los campos del color de una matanza pasional. Notó un hormigueo que recorría todo su cuerpo, se miró al pecho y tatuados a su piel, como si lo hubiesen maldecido, se encontraban escritas con la caligrafía de Lipsent todas las palabras de despedida que habían salido de la boca de la musa años atrás, en su último encuentro. Leyéndolas una a una su corazón iba crujiendo más y más. Aquello podía ser la demostración de que el corazón de los hombres siempre puede ser destruido más. Llovía tan fuerte que el tren cada vez marchaba con más turbulencias, desde la ventana Delaion podía observar ríos de Sangre que se filtraban bajo los raíles. Absolutamente todo era una desagradable rapsodia. El vagón sufría inminentes apagones y empujones que acabaron en un funesto accidente que provocó su brusca parada. Una vez más su cuerpo había sido herido, pero no le importaba, debía de seguir adelante para volver a ver a su musa.
Entre la tiniebla que se apoderaba del vagón el poeta pudo observar que un niño pequeño se encontraba muerto en uno de los asientos. Se acercó a él y miró con detenimiento el rostro de aquel crío. A pesar de las manchas de sangre pudo observar una mezcla en sus rasgos faciales de la cara de Lipsent y de la suya. Sus ojos vueltos en blanco por su muerte le impidieron ver cuál era el color que poseía su iris. Aquél era el hijo que jamás el poeta tendría.

Arropó entre sus brazos a su legado muerto. Lloró y sus lágrimas limpiaron algunas manchas de sangre que se encontraban en su rostro. ¿Tan cruel era el amor que incluso podía privarle del nacimiento a los inocentes? Jamás podría existir la semilla de los recuerdos del poeta y la musa, jamás se sabría su color de ojos, jamás ese hijo correría con una sonrisa en sus labios hacia sus padres y les daría un abrazo. Todo le resultaba tan injusto que el poeta deseó que todo se ahogase con aquella sangre que caía del cielo y por fin entendía su significado. Esa era la sangre de aquellos niños que nunca pudieron haber nacido, aquellos que jamás verían la luz del Sol. Enfadado, temblando de dolor, emitió un rugido tan poderoso que los cristales del vagón estallaron en infinitos pedazos que fueron absorbidos por una ráfaga de viento exterior.

Definitivamente aquella sería una existencia no deseada. Era imposible de aceptar el degradado universo que se adhería al destino de los hombres. Lo comprendió en aquél momento, hay vidas que ya están muertas. Personas sin sueños que no quieren continuar existiendo, enfermedades que destruyen vínculos, tragedias que salpican indelebles crucifijos al amor. El propio sentido de todo era el sinsentido. Las palabras agradables para la imaginación humana solo eran mentiras que adoptaban la forma que más le apetecía.

Desilusionado con la vida que le esperaba tras el reencuentro con su musa vio como toda esa tragedia expandiéndose se reducía a la normalidad y se contaminaba con la naturaleza.
Todo había vuelto al orden que engañaba.
Por una de las ventanas entró el pájaro cian que se posó sobre el asiento en el que instantes antes se había hallado muerto el imposible hijo del poeta, que había desaparecido en el momento en el que la locura había vuelto a su cauce. Dirigiéndose al poeta le preguntó:

-“Y bien, ¿cuál es la pregunta que deseas formularme?”
-¿Dónde estamos?
-“Nos encontramos en la laguna del olvido, el esbozo del que nace el odio tan cercano al aprecio, la reacia consecuencia del que comparte con otra persona la afinidad de su corazón. El mundo del desamor, más otra cosa debo decirte frustrado poeta, por mucho que reconquistes a tu musa con tus primaverales palabras, la ley que impera en este mundo es que en cuanto acepte su amor abrazándote ella para toda la eternidad te olvidará.”
El tren llegó al final de su trayecto, por la ventanilla pudo apreciar un paisaje conocido.
La musa se encontraba junto a los andenes, esperándole.








Capítulo 10: No hay días sino castigos existenciales

La estación se encontraba cubierta por leves Rayos de Sol que habían apreciado poco antes un bello amanecer. La suave corriente movía delicadamente en el aire rosados pétalos de cerezo que difícilmente se posaban sobre las vías. El único ruido que adormecía el ambiente era la tranquila voz que anunciaba por megafonía la parada del tren. Por primera vez en muchos años, los inocentes labios a los que en tantísimas ocasiones el poeta le había dedicado sus poesías se encontraban enfrente suya. Su radiante belleza solo se podía comparar con las deidades. Ella era la primavera en mujer, con el aliento de los ángeles había sido hilada su piel. Sus ojos esmeraldas clavados a los suyos zebrados transmitían pena y decepción. El poeta, frente a todo lo que suponía encontrarse en aquél lugar con la persona que más amaba en el mundo comenzó a hablar, con una voz limpia y pura recitó frases que quedarían grabadas en su memoria como su mejor poesía:
-He estado cientos de horas en mi vida en trenes y estaciones, y durante todo ese tiempo he llegado a la conclusión más trascendental en mi historia. Los trenes no son más que una metáfora del acercamiento u alejamiento de las personas de aquellos que aman. Lipsent, desde que decidiste que yo no debía formar parte de tu vida he estado respirando en un tren que me iba alejando de ti. Mis sentimientos superan con creces los de la inmensa mayoría, el conformismo pasional del resto no atiende a comprensión en mí. Tu voz, tu rostro, tus manos, tu pecho, tus ojos esmeraldas, y tu corazón son los únicos que deseo en este mundo viciado. Juro que he tratado noche tras noche olvidarte, pero me es imposible, te amo demasiado como para que mi mente se deshaga de los recuerdos que he compartido contigo…
-Delaion, ya no te amo…El olvido te aleja por instantes de mí…
-A mi parecer, desde que las personas comenzamos a amar, la palabra olvido debería de estar prohibida. Sé que el único culpable que en mi vida ya no haya días sino castigos existenciales soy yo, sin embargo ni tu llanto, ni las olas, ni la ruptura de las promesas, ni otros hombres ni otras mujeres, ni siquiera la eterna metáfora de que el amor es un árbol de plástico podrán alejar mi memoria de nuestros recuerdos. Y no te miento si te digo que vivo martirizado escribiendo diariamente poesías, evocándote con ellas tan fuerte que creo volver a verte en las noches de lluvia. Tan fuerte que el tiempo se rompe y me engaña confundiendo tu cuerpo con la almohada a la que abrazo tan fuerte. Y es que te amo con toda la profundidad de mi corazón, con mis corrompidas venas y con mis quebradas arterias. Te anhelo más de lo que anhelo a mi vida, y creo entender que el motivo de mi existencia ha sido conocerte. Ya he comprendido que llevo en el pecho una cicatriz con tu nombre que nunca sana e incluso según el día hiere más o menos. Y no trato de confundirte ni engañarte tergiversando con mis palabras la realidad inventando mentiras humildes. En cierta forma soy consciente que jamás se volverá a repetir momentos tan preciosos en la historia de mi vida, y jamás podré volver a besarte bajo la sombra de los altos árboles tumbados sobre el césped del verano. Sin embargo lo que no quiero es que jamás olvides los instantes que hemos vivido juntos. Aquellos instantes en los que tu corazón repetía mi nombre, siendo yo el causante de tu sonrisa, aquellos instantes en los que tu mano buscaba en la mía el calor de la comprensión. Lo único que deseo es no formar parte del olvido y que me recuerdes como alguien a quien amaste. Así que, te pido por favor, Musa mía, que si en tu alma queda una pluma de amor hacia mí, hacia los momentos en los que hemos estado juntos, hacia los besos, hacia las caricias, hacia las miradas infinitas en las que uno observaba el infinito en los ojos del otro, por favor acércate a mi cuerpo y abrázame con todo tu corazón.

Del rostro de la Musa se derramaron lágrimas que gotearon sobre los andenes creando un bello cuadro junto a los pétalos que emocionados por la conversación decidieron embellecer aún más la escena con sus muertes.
Lipsent se aproximó al poeta que tiempo atrás había conquistado su corazón y lo abrazó con toda su alma. En aquél abrazo la belleza del verano se convirtió en una metáfora tan preciosa que en un arrebato de fugacidad se inmoló en el estrellato dejando tras de sí el nacimiento de una mañana, en el que al despertarse una mujer olvidó a la persona a la que tiempo atrás había amado con todas las rosas de su corazón.
Mientras un poeta se despertó de un largo sueño con una alianza de plata en su anular izquierdo en un lago de vino y amargura al que llamamos vida.




~~Este cuento va dedicado a aquella persona que aún formando parte de su olvido, sus recuerdos son la inspiración de mis poesías.

2 comentarios:

  1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  2. Acabo de terminar de leerlo y quería decirte que me ha parecido el relato más duro pero a la vez el más bello que he tenido el placer de leer. Por unos instantes me llevastes a tu mundo y me mostrastes lo que es el amor eterno, algo que antes yo dudaba que existiese. Con cada palabra de dolor y alegría llegastes a mi corazón como si fuese yo quien lo vive en directo. Me apena mucho leer que tuvistes que sufrir tanto y no te voy a negar que se me saltaron las lagrimas en muchas partes del cuento :P pero eso es parte de su belleza. Te agradezco que te hayas decidido a compartir tus sentimientos en este cuento con el resto del mundo. Me parece que es un relato muy bueno que nadie debería perderse. Gracias por permitirnos acercarnos más a tí =)

    Y si lo leemos los dos juntos en privado?? :P es broma

    PD: el otro coment lo borre porque queria poner esto ultimo jajaj

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